Una anciana y su hijo adulto sobreviven como pueden en un piso precario de Copenhague. Entre la rutina y la estrechez, la amargura se instala en el día a día, hasta que una tarde de invierno irrumpe algo que lo cambia todo: los fantasmas del pasado vuelven para remover viejas tragedias y desordenar lo que parecía quieto.
Dinamarca, de Lluïsa Cunillé, se ve el 10 de octubre en el Teatre Principal de Castelló dentro del abono general. La función empieza a las 19:00 y las entradas van de 20 a 3 euros, una horquilla que acerca esta cita a públicos muy distintos sin perder el pulso de una obra pensada para mirar de frente la fragilidad humana.
Detrás de esta pieza está una de las voces más reconocibles de la dramaturgia catalana contemporánea. Cunillé ha construido un teatro de silencios, tensiones contenidas y situaciones donde el lenguaje nunca dice todo lo que pesa. Sus textos suelen moverse entre la opacidad y la extrañeza, con personajes que viven al borde de una verdad difícil de nombrar. Aquí esa mirada se concentra en una historia mínima en apariencia, pero cargada de desasosiego.

Una autora que trabaja con lo que no se dice
La trayectoria de Lluïsa Cunillé explica bien el tipo de teatro que propone Dinamarca. Formada en los seminarios de dramaturgia textual de José Sanchis Sinisterra en la Sala Beckett, muy pronto se convirtió en una autora de referencia por su manera de desmontar las formas dramáticas más previsibles. En sus obras, el diálogo no siempre empuja la acción y las certezas suelen quedar en suspenso.
Su escritura ha recibido algunos de los reconocimientos más relevantes de la escena catalana y española, y títulos como Barcelona, mapa d’ombres, Aquel aire infinito o La cantant calba al Mc Donald’s han consolidado una voz propia, muy atenta a los huecos, a las zonas borrosas y a la tensión entre lo cotidiano y lo inquietante. ¿Qué pasa cuando un hogar deja de ser refugio y se convierte en un lugar donde todo resuena más de la cuenta? Cunillé suele responder a esa pregunta con obras que no levantan la voz, pero sí dejan una huella persistente.
En Dinamarca, esa forma de escribir encuentra un terreno especialmente fértil. La pieza mira a dos personajes atrapados en una convivencia difícil, con una atmósfera que avanza entre la precariedad material y una amenaza emocional cada vez más intensa. No hace falta que ocurra demasiado para que el peso del pasado lo invada todo.
Albert Arribas, Pere Arquillué e Imma Colomer
La dirección corre a cargo de Albert Arribas, que lleva el texto hacia una lectura sobria y precisa, muy atenta a la densidad de cada gesto. Frente a historias que podrían caer fácilmente en el exceso, la clave aquí está en sostener la tensión sin subrayarla en exceso, dejando que el conflicto se vaya filtrando poco a poco.
Sobre el escenario, Pere Arquillué e Imma Colomer encarnan a los dos personajes centrales. Su presencia resulta decisiva para que la obra respire con verdad, porque el núcleo de Dinamarca no está en la acumulación de acciones, sino en la relación entre dos vidas agotadas por el tiempo, la convivencia y lo que nunca terminó de resolverse. La función trabaja esa intimidad desde una interpretación contenida, sin artificios innecesarios.
También importa el idioma, el valenciano, que acerca todavía más el montaje al público de Castelló y refuerza su condición de propuesta pensada para una escena cercana, reconocible y de fuerte personalidad. A partir de ahí, la pieza se sostiene en 90 minutos de teatro concentrado, de los que no buscan deslumbrar por acumulación, sino por precisión.
Una cita para mirar de cerca el teatro de texto
En una programación amplia, Dinamarca se sitúa como una de esas obras que piden atención y escucha. No trabaja con grandes giros ni con una trama de impacto inmediato, sino con una tensión más lenta, más incómoda y, por eso mismo, más duradera. ¿No es ahí donde el teatro encuentra muchas veces su mayor fuerza, cuando obliga a mirar lo que normalmente se esquiva?
La cita del 10 de octubre en el Teatre Principal de Castelló ofrece precisamente eso: un encuentro con una autora mayor, un montaje de cámara y dos intérpretes de peso para una historia que avanza entre la desolación y la memoria. Queda en pie esa imagen de un apartamento frágil, casi al límite, donde lo que parecía dormido acaba regresando con toda su carga.